22 de abril de 2012

Reflexiones sobre las relaciones intersubjetivas

1. Vayamos desde el principio (*). Se llama "relación intersubjetiva" al vínculo entre dos o más personas, en mérito del cual una de ellas puede pretender algo a lo que las demás están obligadas ((ver)).

Los elementos base de una relación son el sujeto y el objeto del vínculo. Cabe marcar, sin embargo, una diferencia entre persona y sujeto. "Sujeto" es la persona que goza de un determinado privilegio en cuanto al "trato", producto del vínculo de la relación entablada; mientras que el término "persona" señala también la posibilidad de gozarlo cuando todavía no se es sujeto. "Sujeto" representa así, el acto, y la "persona" la potencia. 


2. En las relaciones intersubjetivas, la relación se establece entre sujetos singularmente determinados, no substituibles pura y simplemente; y se establece por virtud de sus características individuales. Es decir, la relación se apoya en caracteres de los sujetos vinculados, en el perfil singular de las individualidades. 

Nik sintetizó la razón
3. En cuanto al objeto, éste representa el fundamento, la causa fuente del "trato", su esencia. Y puede decirse que hay dos tipos de trato, que se evidencia en las relaciones intersubjetivas de la siguiente manera: a) "pasión", caracterizada por su esencia finalista; b) "indiferencia", de carácter neutro. Entonces tendremos que, en una relación intersubjetiva, normal y general, el trato corriente es la indiferencia como consecuencia de una ausencia de conocimiento –y tiempo interactivo que lo permita– entre los sujetos; ya que, como sólo queremos aquello que conocemos, mal puede haber un querer sin conocimiento, tanto así que, en definitiva, no hace a la relación sino desenvolverse en un ámbito de neutralidad, desprovista de toda finalidad interactiva. 

En forma opuesta, opuesta y no contraria, redefiniendo ciertos parámetros de la relación –como mayor tiempo interactivo y el carácter de la misma no ya general sino, más bien, particular para obtener mayores posibilidades de lograr un conocimiento profundo, más acabado, certero– tendremos así la manifestación de un "querer", como primer aspecto de la dimensión pasional teleopositiva: "amor"; es decir, "te conozco, luego te quiero". Lo mismo vale para el caso si "porque te conozco, no te quiero". 

4. Frente a lo anterior, es importante no perder de vista ciertas situaciones en torno al conocimiento que desvirtúa el "querer", toda vez que un conocimiento equivocado –como fundamento– desencadena un querer que no tiene sustento real, el cual nos coloca, en la medida de la comprobación de nuestro error, en las puertas del clásico desengaño. Como en una suerte de primeras impresiones, ratificación y rectificación: en tanto transcurre el tiempo interactivo y en cuanto más se conocen las personas, se ratifica o rectifica esa primera "imagen", y mayores y más valederos serán nuestros fundamentos del "querer", o del no querer en su caso. 

5. Lo anterior bien puede ser resultado o consecuencia de "modos de condicionamientos no individuales", en los que el sujeto vive no como auténtico individuo singular y único, sino como titular de un papel generalizado y, por lo tanto, comunal; en suma, como algo típico, anónimo, genérico. 

Estos "condicionamientos" influyen respecto de "a quién queremos conocer…", como pautas autoimpuestas, y respecto a cómo se nos presenta una imagen armada, no real. Sin dudas, ambos aspectos están delimitados como "costumbres" aceptadas, como algo usual, normal y general. Tales pautas son "límites como filtros"; por ejemplo a quién queremos conocer (una mujer alta, deportista, inteligente, etc.) o cómo queremos que nos conozcan (deportista, seguro, divertido, etc.). Todas "pautas" que nos ubiquen o permitan ubicar sujetos "dignos" de ser conocidos. Cuanto más rígidas son nuestras pautas así lo es nuestro molde ideal, y, por lo tanto, más limitamos nuestras posibilidades de conocer a alguien, traduciendo el trato general en otro particular. 

No debe perderse de vista que cuando el sujeto se comporta según los modos colectivos, generales, renuncia a forjar por sí mismo su propia conducta y opta por configúrala según ese patrón comunal. Ejecuta un repertorio de actos que no provienen de él como sujeto particular, y que tampoco provienen de otro sujeto individual, sino que están establecidos impersonalmente como pautas genéricas. No trasciende de lo general a lo particular. 

6. Ahora bien, aclarado lo anterior, podemos decir que ese querer que nos da el conocimiento coloca a la relación en un primer aspecto de la dimensional pasional, como es el "aprehender", abarcarlo con nuestro conocimiento con suficiencia bastante. Y tanto así que, cuanto mayor es el tiempo transcurrido en una relación intersubjetiva sin solución de continuidad, interactivamente enriquecemos nuestra finalidad manifiesta en el querer: interés de trascender más allá del sólo hoy y ahora…; por ende, traduciendo indefectiblemente un presente juntos, en un pasado unidos, en pos de un futuro común, asentados en el conocimiento interactivo. En otras palabras, "¿por qué vos y yo juntos hoy?" por nuestro ayer unidos en el conocimiento que hoy nos da certeza, también, de que nuestro mañana será común. 

7. Pero no sólo así, por cuanto hablamos de un primer aspecto de la dimensión pasional: querer, como resultado de aprehender con el conocimiento, y dado que el trato que deriva de una relación intersubjetiva se manifiesta en vínculos de acción y reacción tendremos que, cuando conocemos a alguien (acción) ese alguien se siente conocido, aprehendido (reacción), y recíprocamente. De allí, los vínculos interactivos. Tanto que puede genera aceptación dejándose conocer, dejándose "aprehender", entregándose en sentido figurado. Esto no es sino el segundo aspecto de la dimensión pasional: amor, en sentido estricto; pues, "la decisión es pertenecer sabiéndolo"

8. Es así como se complementan causa y efecto, acción y reacción: te conozco, por eso te quiero; me conoces, por eso me quieres (acción); más, como te conozco, me amas, e igualmente, como me conoces te amo (reacción). No sólo te tomo con el conocimiento y me dejas tomarte, aprehenderte, sino que también me tomas y yo me dejo tomar… hay correspondencia mutua, una pasión totalizante. 

9. Pero aún esto, existe un desengaño posible, o desencanto, cuando superados ambos aspectos, sea uno u otro o ambos dimensiones pasionales, no nos sentimos conocidos con la suficiencia anhelada, tanto que no nos sentimos aprehendidos: me conoces, y por eso me quieres, pero… no me haces sentir tan conocido por ti como para que yo te ame… Y esto no es más que una incorrespondencia de segundo grado (si tomamos como incorrespondencia de primer grado lo expresado sobre el molde ideal en "3" y "4" más arriba). Aunque el desconocimiento no lo es tanto como para que se de un desamor –inicio de indiferencia–, porque aún persiste un grado de conocimiento mutuo remanente que fundamenta al menos un querer. 

Quizás nos demande un tiempo interactivo comprobar el grado de insuficiente conocimiento propio que el otro tiene de nosotros, y su consiguiente posibilidad de revertir la situación o no, pero comprobado que sea el desconocimiento se produce el desencanto: no me conoces tanto ni creo que puedas hacerlo como para sentirme aprehendido y, por lo tanto, sentir que te amo. Es así cuando no sintiéndonos aprehendidos por el conocimiento del otro –aunque exista un conocimiento remanente que sólo se diluirá en la discontinuidad de la relación, con la no interactividad temporal de trato– dejamos de sentir la pertenencia, y emprendemos nuevamente la tarea de "conocer para que nos conozcan…"

10. Es decir, tenemos otro límite como filtro. No sólo nos imponemos un molde ideal para seleccionar a quién queremos conocer (ver "5"), sino que, también, nos damos uno en cuanto queremos que nos conozcan. Y en cuestión de límites como filtros las observaciones dadas en punto a la rigidez de nuestras pautas autoimpuestas son plenamente válidas a este segundo grado de incorrespondencia. 

11. Esto demuestra la dificultad de concretar una relación intersubjetiva, particular, normal, sin solución de continuidad, trascendente: no sólo la pasión totalizante implica conocimiento recíproco, necesariamente interactivo, sino que además nos damos límites como filtros, barreras en vez de puentes, que distorsionan y nos privan de conocer y de que nos conozcan con claridad… 

12. Como consecuencia de lo expuesto, en mérito del conocimiento y el fin que lo impulsa, se imponen las siguientes conclusiones. 
  1. te conozco, luego te quiero; 
  2. porque me conoces, te amo; 
  3. amor: la decisión es pertenecer sabiéndolo; 
  4. conocer para que nos conozcan. 
13. Todo conocimiento es –en esencia– conocimiento probable y puede expresarse únicamente en forma de hipótesis. El control, el dominio del futuro, si lo admite, esto es, el dar forma a los acontecimientos futuros según un plan, presupone un conocimiento que pueda predecir lo que pasará si ciertas condiciones se realizan; y si no sabemos la verdad de lo que va a pasar –en la mayoría de los casos– debemos recurrir a nuestras mejores hipótesis o supuestos de verdad. Estos son, como se dice, los mejores instrumentos de la acción allí donde no se cuenta con la verdad. 

La fe es certeza de que existe al menos una posible respuesta para nuestra pregunta vital. En cambio, la comprensión es la respuesta misma, entre todas las posibles es la exacta. La curiosidad es nuestro barco, la comprensión el mar ya recorrido, y por tal ya conocido, la fe el horizonte a conquistar… Así, cuando finalmente conocemos, comprendemos, es nuestro, lo aprehendemos. Este es un punto de apoyo en la dinámica de la vida. Y de ahí nuevos interrogantes pueden embargarnos. La vida es un constante preguntarse y responderse en la medida de nuestras posibilidades. 

La fe nos moviliza, la comprensión nos consolida y reafirma. Entonces, el punto de partida de la captación del mundo, como acto complejo de apoderamiento y cognición, no lo es el individuo (sujeto de la relación), pero tampoco lo es la sociedad (relación de carácter general), lo es la pareja (relación intersubjetiva, particular, normal, sin solución de continuidad, trascendente). Así, si entre la pareja se inicia un proceso ininterrumpido (normal, sin solución de continuidad) y de identificación total y productiva, si cada cual descubre que el otro es la encarnación de valores compartidos (normal, trascendente), habrán comprendido su amor… "el placer más soberano es el júbilo de comprender". 

14. Hipótesis para reflexionar: 
  • el conocimiento es el cómo (medio) 
  • el amor es el por qué (fin) 
  • la fe es certeza de que existe al menos un medio que concreta el fin 
  • la verdad es encontrar el medio justo 
  • la felicidad es haberlo logrado. 
15. Mucho se ha escrito sobre lo que en esencia somos, como seres incompletos, que buscan completarse sin saber cómo. Si admitimos la existencia de un orden dentro del conjunto universal, y que cada ente o género de estos tiene su propio orden –su razón de ser–, un orden que regula sus movimientos específicos, sus movimientos obedecerán fatalmente a las leyes de su naturaleza, misma que los impulsa hacia un fin determinado: la plenitud del ser. 

El hombre sigue el orden natural instintivamente, en cuanto participa del género animal, pero por su forma ontológica debe hacerlo de manera racional; es decir, con libertad, misma que se manifiesta en la elección del camino para concretar su fin. La trascendencia de este fin, la plenitud del ser, imprime en los sujetos la noción de responsabilidad que les compete en el ejercicio de tal libertad. 

Como conclusión provisoria de lo expuesto se impone esta reflexión: todo camino lleva a alguna meta, y como corolario necesario puede inferirse que a cada meta nos conduce, al menos, un camino. Así, por un lado, intuimos que hay algo llamado amor, que da sentido a nuestra vida, que la meta es alcanzarlo y reflejarlo, que sólo así seremos plenos. Pero, por otro, cómo lo alcanzamos es la incógnita que define quiénes somos: seres libres, pero ¿responsables? Entonces, no todo se agota en tan sólo fe –certeza innata– sino, más bien, en comprender que de la verdad obtenemos la felicidad. 

En última instancia, y más allá de la responsabilidad individual, el cómo buscamos el verdadero medio que concreta el fin de nuestra vida determina la coherencia entre nuestros actos y los fines que nos impulsaron, y por ende el sustento real o no de nuestra felicidad. Habremos de indicar, por consiguiente, cuál es la meta que deseamos alcanzar a fin de saber qué tipo de caminos hemos de buscar. 

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(*) En la ciudad de Mar del Plata, noviembre de 1994. Racionalización de las relaciones humanas en procura de explicar los mecanismos del amor.

3 comentarios:

Lucas Soplán dijo...

Hola José, te escribo para felicitarte con respecto a tu blog. Muy interesante, yo me encuentro realizando un curso de auxiliar juridico, y una vez finalizado, pienso seguir con abogacía, y tu blog significa un gran aporte. Gracias. Saludos.

José Pablo Descalzi dijo...

Gracias. Son breves desarrollos de ideas. Éxito en la carrera. Slds. Pablo.

Anónimo dijo...

Las ideas de esta nota tienen 20años!?

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